CENTRO: La gente dice…

Había una vez un reino muy muy lejano, con un rey que era famoso por su soberbia, despotismo e intolerancia. En una ocasión mandó llamar a su principal consejero, para como cada lunes, escuchar sus melosas palabras que le endulzaban el oído con mentiras sobre la nobleza y buen corazón de su persona y de sus cercanos colaboradores. Pero ese lunes el consejero -que más bien hacía las veces de bufón- enfermó gravemente al grado de no poder levantarse de la cama.

Los colaboradores del rey, preocupados por fallarle en sus caprichos a aquel hombre de rancio apellido y adusta estirpe, decidieron mandar a uno de los sirvientes a decirle las palabras empalagosas de siempre.

“Anda ve y dile lo que quiere oír…ni cuenta se dará que no eres el consejero”, le dijeron a aquel mozo. Y era cierto; el rey ni siquiera se tomaba la molestia de mirar a sus servidores, incluso a aquellos más cercanos, pues se la pasaba mirándose en el espejo.

Todo nervioso, el sirviente, quien era el encargado de ir al mercado y comprar los mejores alimentos para la familia real, se acercó por un costado al rey y, cubierto por la túnica del consejero, le dijo: “Aquí estoy su majestad, ¿qué es lo que desea preguntarme?”

El rey, con voz ronca y entonada, moviendo sus manos y frunciendo la frente, aparentando un gesto de santidad, le inquirió: “Dime consejero, ¿qué es lo que la gente dice?”

El mozo, nervioso volteó hacia atrás y miró detrás de la cortina a los colaboradores del rey que le hacían aspavientos intentando señalarle el rumbo que sus palabras debían tomar para no lastimar el orgullo de Su Majestad.

Ante tanto desorden, el sirviente decidió responder de la forma más sincera y amplia que encontró, y dijo lo siguiente:

La gente dice estar harta de abusos, de prepotencia, de no ser escuchada.

La gente dice no sentirse representada por sus legisladores; no alcanza a comprender por qué aquellos que hablan en su nombre tienen una vida llena de beneficios y preferencias.

La gente dice que las instituciones están de adorno, que hacen todo menos defender al pueblo.

La gente dice estar harta de que el policía, del ministerio, del juez, se pongan de lado del que tiene más dinero o influencias.

La gente dice estar harta de que los mal llamados servidores públicos o representantes populares se ofendan cuando la gente les dice sus verdades.

La gente dice estar hasta el gorro de que los gobernantes malbaraten los recursos naturales del país a cambio de riqueza e impunidad para ellos y sus familias.

La gente dice que hay miles de ejemplos por todo el territorio nacional de hipócritas que juraron defender los interese comunes, pero a la mera hora los traicionaron.

La gente dice no entender como hay quienes duermen por las noches luego de haberse aprovechado de su paso por un cargo público para obtener riquezas con las que mandaron a estudiar a sus hijos que ahora creen ser emanados de la cultura del esfuerzo.

La gente dice reírse de aquellos que intentan lavar sus culpas creando instituciones o impulsando actividades altruistas o apoyando el deporte, con el dinero que consiguieron después de saquear a su pueblo.

La gente dice ver son sorpresa a supuestos líderes sindicales que han amasado riquezas incalculables pisoteando los derechos de sus agremiados.

La gente dice…

Por primera vez en su vida el Rey se puso de pie ante el consejero, con los ojos vidriosos y la boca abierta, lleno de asombro, lo volteó a ver y le pidió se acercara.

“¡Entren!” gritó a sus colaboradores, a sabiendas que le estaban escuchando detrás de las cortinas que separaban los aposentos reales del resto del castillo. “Desde ahora quiero que todos escuchen a este joven sabio que ha venido a abrirme los ojos, quiero que le hagan caso y que tomen sus palabras como ley y las cumplan al pie de la letra”.

Con muestras de sorpresa, enojo y rencor, los colaboradores asintieron, se retiraron y corrieron la voz por todo el reino. Aquel día fue de fiesta en esa nación. La gente celebró con júbilo que al fin había sido escuchada.

A los días el joven mozo negoció con los colaboradores del Rey, lo mandó matar y finalmente ocupó su lugar. Al momento de sentarse, dicen que murmuró con frialdad: “ahora me toca a mí”.

A manera de moraleja

Tú que estás o estuviste sirviendo al pueblo, ¿qué rol jugaste o estás jugando: el de Rey, el lambiscón o el traidor? Espero que la de ninguno de ellos.

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