TIJUANA. Dicen que el ser humano se acerca a Dios cuando deja de gustarle al diablo. En la vida —también dicen— lo importante no es sólo vivir, sino hacerlo a plenitud. Y eso Miguel Bosé lo entendió desde joven. Hoy, en cambio, parece aceptar que es un hombre que busca paz.
Del Miguel de “Don Diablo” queda ya sólo el fogoso y lejano recuerdo. En su reaparición en Tijuana, Bosé demostró que hoy es un hombre sereno, con la chispa escénica suficiente para sostener el pedestal de honor que ha ganado en el Olimpo del pop.
Tijuana y Miguel Bosé se reencontraron en un memorable concierto en la Plaza Monumental la noche del pasado sábado. Fueron 150 minutos de devoción mutua que pusieron punto final a la gira mundial Importante Tour: un recital de 21 canciones y una travesía de 14 meses por España, Latinoamérica y Estados Unidos, con un espectáculo evocador, plagado de melancolía y añoranzas.



Justo a las 22:00 horas —la hora anunciada— arrancó el concierto, puntual como lo hacen los verdaderamente grandes. Aproximadamente 4 mil asistentes de todas las edades, aunque en su mayoría contemporáneos de la estrella hispana, fueron testigos de la reaparición del cantante tras más de seis años de ausencia en Tijuana.
Atrás quedaron las extravagancias. Vestido completamente de blanco, al igual que sus tres coristas y cinco músicos, Bosé dio una muestra de calidad musical. “Nena” y “Sevilla” marcaron el inicio de una noche donde sus pasos y su canto, ahora más pausados, dejaron claro de qué está hecho.
A sus 70 años recién cumplidos, ha perdido parte de la vitalidad de antaño. Los brincos y las risas dieron paso a un magnetismo escénico más contenido, pero igualmente efectivo. Su elegancia andrógina sigue siendo, más que nunca, su carta de presentación.
“Hijo del Capitán Trueno”, escrita en honor a su padre, el legendario torero Luis Miguel Dominguín, continuó el espectáculo. El rostro, el andar y, sobre todo, la voz, evidenciaron el paso del tiempo. Ya no canta como antes y en varios momentos sus coristas sostuvieron gran parte del peso vocal de los temas. Pero a Miguel Bosé el público parece perdonarle todo, incluso el playback, porque sigue siendo un monstruo escénico. Las ovaciones, los piropos y los gritos de amor acompañaron toda la velada.
Las pocas veces que habló con el público dejaron ver la afonía permanente con la que hoy convive. Aun así, el hijo pródigo de España logró despertar la emoción colectiva al invitar a sus fans a “abrocharse los cinturones” para volar junto a él.
“Aire” puso de manifiesto el excelente sonido y acústica, además de una impresionante iluminación acompañada por una pantalla monumental de 15 metros y dos laterales que sostuvieron un espectáculo impecable de principio a fin.
“Bambú”, “Corazón Partío” y “Sevilla” pusieron a cantar y bailar a buena parte del público. Sin importar la edad ni las incomodidades del tendido general, pocos resistieron la tentación de corear cada tema. La estrella dejó claro por qué es considerado un viejo lobo de mar sobre los escenarios.
El hijo adoptivo de Pablo Picasso convirtió la noche en una acuarela de color, coquetería y arrogancia escénica. “Ese look, ese modo de andar…”; los años quizá le restaron intensidad, pero le dieron sabiduría, y Bosé lo sabe.
Ecléctico y vibrante, Miguel demostró por qué aún conserva poder de convocatoria entre públicos de distintas generaciones. Adolescentes acompañando a padres y abuelos dejaron ver cómo su música ha atravesado décadas. “Hacer por Hacer” transportó a más de uno a 1999, cuando el tema se convirtió en uno de los más sonados en Latinoamérica y México.
“El derecho universal a la paz es un derecho indispensable y hoy profundamente pisoteado”, expresó el cantante al referirse a las guerras. “Quiero entregarles a mis hijos el mundo que me entregaron mis padres”.
En tiempos donde la diversidad sexual dejó de ser estigma para convertirse en bandera, Miguel Bosé volvió a evidenciar lo adelantado que ha estado respecto a su época. Lo que para algunos pudo parecer provocación, para el catalán siempre fue una reafirmación de libertad.




Tres cambios de vestuario hicieron referencia a los colores del arcoíris. Uno de ellos, completamente rojo y acompañado de una enorme cola de tela al estilo de una bailaora andaluza, convirtió “Sevilla” en uno de los momentos más ovacionados de la noche.
“Amiga” y “Nada Particular” aportaron el toque de romanticismo y reflexión. Con siete décadas a cuestas es imposible no mirar hacia atrás. Desde aquella histórica gira Girados junto a Ana Torroja en el año 2000, miles de páginas han pasado en el calendario de su existencia.
De aquel heredero arrogante del “Capitán Trueno”, hoy queda un ser humano más melancólico y contemplativo. Los excesos de la movida española parecen haber quedado atrás. Ahora, Bosé proyecta la búsqueda de paz y tranquilidad.
Dos intentos fallidos de despedida —interrumpidos por el atronador grito de “¡otra!”— y cuatro discos LP autografiados para admiradoras marcaron el cierre de la gira.
“Don Diablo” y “Por Ti” fueron las últimas joyas de la noche. Ya sentado, vestido de amarillo brillante y con visibles zapatos ortopédicos, Miguel Bosé recitó con serenidad las estrofas de aquel diablo seductor que hoy parece mirar su pasado con nostalgia.
Ahora toma las cosas con calma.
Lo dicho… en la redención parece haber encontrado su expiación.
















